A la entrada de la gran ciudad se escuchan los lamentos de las generaciones que antes han vivido en ella, los gritos de los niños de viejas épocas se han quedado grabados en los muros de piedra y el olor a cigarro y el sabor del vino de los restaurantes aún parecen percibirse en el aire, las viejas calles llenas de charcos y basura ahora sólo las recorre el viento, las ventanas de las casas y edificios están llenas de polvo que ya nadie sacude, pronto, como ha pasado con otros lugares, de esta hermosa ciudad no quedará más que el recuerdo de aquellas épocas de esplendor.
A la entrada de la gran ciudad parece que se escuchan los hombres y las mujeres caminar con sus zapatos ruidosos, aquellos días en los que andaban de un lado para otro ya no existen; los edificios se han quedado suspendidos en el tiempo, nadie los reclama, ni aves hay ya que se posen en ellos.
A la entrada de la gran ciudad parece que se ven las parejas de enamorados que antes contemplaban los atardeceres en las bancas de los parques, esas bancas que ya nada sostienen, ni amores ni amantes frente a los atardeceres, ni amores o amantes frente uno del otro. El sol se esconde entre los edificios y los días y las noches pasan una tras otra como si nada importara, como aquel conejo blanco apurado para ver a la reina.
A la entrada de aquella gran ciudad el tiempo no dejó rastro de nosotros, como si todo aquello hubiera crecido solo, el tiempo nos borró pero los recuerdos de los buenos días nos mantienen ahí aunque nadie nos pueda escuchar o contar nuestras hazañas.
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