Los que lo conocieron hablaban muy bien de él, no tenían queja alguna, sólo un reproche por lo que le pasó, se molestaba al contarlo y al punto de las lágrimas decían cosas como: ¡¿Por qué lo permitió?! Y ¡¿Debió defenderse?! Y es que los que lo conocieron no se explicaban por qué permitió que terminaran con su vida de esa manera, no entendían por qué una persona como él había decidido dejarse morir así.
Las personas contaban la historia y se entristecían, ¡Pobre hombre! –Decían entre lamentos verdaderos- unos creían que todo había sido una farsa, incluso suponían que estaba todo preparado por él, que en realidad nunca murió. Y así se entretejían teorías con la cruel verdad, esa cruel verdad que se negaban a creer y es que nadie podía entender lo que sucedió.
Un día –empezó a narrar un hombre que tenia en el rostro las marcas del dolor- caminábamos por estas calles, no era un día diferente, o al menos eso parecía, él me contaba que sentía un gran alivio, que por fin su vida era feliz y que no la cambiaria por ninguna otra; regularmente él era una persona tranquila y casi no me decía estas cosas, pero yo creía saber qué sentía y en ese momento no pude mas que alegrarme, éramos buenos amigos pero aun así no tocábamos esos temas; de repente al pasar el kiosco de la plaza municipal nos encontramos a tres tipos que, al menos yo, nunca había visto; la plaza estaba llena de gente, eran las fiestas de San Evaristo y por un momento no me sorprendieron, pero cuando nos impidieron el paso me puse nervioso, no es que sea miedoso pero eran mas grandes que yo y no se veían nada amables, y no lo eran; sin mas uno de ellos se acercó y le dijo: No hay forma de arreglar lo que rompiste y tienes que pagar aunque no sirva de nada. Yo no entendí, y menos cuando este hombre le dio un golpe terrible que lo dejo de rodillas, intente ayudar ¡Por Dios que lo intenté! Pero los otros dos me sujetaron y no me dejaron hacer nada, no pude mas que presenciar todo; el tipo este se rió y le dio un golpe en la cara con toda su furia, pero él no metía ni las manos sólo lo veía como si en verdad quisiera pagar por algo, yo tenia un coraje por no poder hacer nada y sólo le gritaba ¡Defiéndete! Pero no hacia caso, y el otro seguía pegándole cada vez más fuerte y éste seguía sin defenderse. La golpiza fue brutal, ya no se podía ni mover y sólo seguía viendo a su agresor como si en verdad tuviera que pagar algo con su vida, yo estaba llorando de coraje y gritaba que lo dejaran pero no valió de nada. Lo que mas me dolió fue que el tipo este no se detuvo ni un momento, no dejo de golpear para nada y hacia el final sólo se echo para atrás para tomar aire y regresar a darle el golpe final, le importo poco verlo así, todo sangrado tratando de aferrarse a su pierna con un gesto de dolor que me hizo llorar como nunca.
Y después de un ratito me soltaron, me dejaron ir y ni me pegaron, pero ya era tarde, ya no había que hacer y yo seguía gritando ¡Defiéndete! ¡Defiéndete! ¡Por qué no te defendiste!
El hombre término de narrar entre lágrimas, era día de San Evaristo y se dirigió a la iglesia con paso lento murmurando: ¿Por qué no te defendiste?
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